Hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta, pero que muchos directores se hacen en privado:
¿La capacitación realmente sirve… o sólo cumple con un requisito?
Porque, seamos honestos: más de un empresario ha sentido que capacitar equivale a gastar dinero para que, al día siguiente, todo siga exactamente igual: “Al final —se dice— nadie sale sabiendo TODO lo que necesita para trabajar”. Y sí, algo de razón hay en esa incomodidad.
En muchas empresas, lamentablemente, si la obligación establecida por la Ley Federal del Trabajo no exigiera formalmente capacitar al personal, la función desaparecería sin demasiada resistencia. No por mala fe, sino por una conclusión práctica aunque sesgada: no se ve el resultado.
Pero, quizá, la pregunta está mal planteada. Tal vez el problema no es la capacitación, sino lo que esperamos que haga por nosotros.
Casi nadie piensa en la capacitación como el proceso de hacerse capaz. Se piensa, más bien, como un evento: un curso, una conferencia, un taller que debería resolver años de desorden organizacional en unas cuantas horas.
Y ahí comienza el desencuentro.
La capacitación no corrige empresas. Las decisiones directivas sí.
Cuando una organización opera sin plan, improvisando procesos, reaccionando más que dirigiendo, cualquier programa formativo —por extraordinario que sea— inevitablemente parecerá inútil. No porque lo sea, sino porque ninguna intervención aislada puede sostener aquello que la dirección no acompaña.
Imaginemos que la capacitación es una semilla; la empresa es la tierra, y las decisiones de la alta dirección son el clima. La mejor semilla en suelo agotado no prospera. Y, aun en buena tierra, una mala administración del entorno —exceso de presión, falta de seguimiento, cambios contradictorios— mata los brotes antes de que se vuelvan resultados.
Algunos directores intentan sembrar robles en macetas pequeñas y luego se sorprenden de que no crezcan. Otros intentan convertirlos en bonsái sin asumir el trabajo constante que eso exige.
La metáfora es simple: capacitar implica cuidar lo que vendrá después. Toda intervención genera cambio. Y aquí aparece una verdad incómoda: no todas las organizaciones están listas para cambiar.
Si dirigir desde el enojo cotidiano ya se volvió normal; si la explicación habitual es que “la gente no quiere trabajar”; si existe más resignación que liderazgo… entonces, definitivamente, la capacitación sí será un gasto.
Exactamente igual que comprar un automóvil sin intención de respetar reglas de tránsito: el problema nunca fue el vehículo.
Ahora bien, existe el otro tipo de director:
El que se cansó de que las cosas no funcionen; que reconoce oportunidades de mejora en su gente; que entiende que disciplina, respeto, comunicación y mejora continua no son discursos motivacionales, sino decisiones operativas que confrontan su propio ego y está dispuesto a sacrificar eso con tal de brotar él mismo y crecer.
En esas empresas ocurre algo interesante: la capacitación deja de ser obligación y se convierte en palanca. No porque el curso sea mágico, sino porque encuentra terreno fértil.
Las organizaciones siempre terminan pareciéndose a quien las dirige. Las personas permanecen donde encuentran coherencia, crecimiento y perspectiva. Y cuando existe coherencia directiva, aprender y crecer tiene sentido.
Para quienes se reconocen en este escenario, algunas recomendaciones prácticas:
Primero, planifique antes de capacitar. No capacite por tendencia, presión comercial o intuición momentánea. Analice procesos actuales y deseados, establezca prioridades y avance con secuencia lógica. Siguiendo con la metáfora de la semilla, el café, por ejemplo, necesita árboles que le den sombra antes de poder crecer; en la empresa ocurre exactamente igual.
Segundo, comunique el propósito. Los adultos no aprendemos bien aquello cuyo sentido desconocemos. Cuando el personal entiende por qué y para qué se le capacita, el aprendizaje deja de ser obligación y se convierte en herramienta.
Tercero, dé seguimiento oportuno. El verdadero momento crítico de la capacitación no es el aula, sino el regreso al trabajo. Si no se observan cambios, ajuste, refuerce. Corrija sin temor y sin reparo. Lo peor que se puede hacer cuando se repara en que el camino está equivocado es continuar avanzando. La formación sin seguimiento es sólo información interesante.
Cuarto, modele compromiso. Los colaboradores no se comprometen con discursos, sino con ejemplos y con una visión que refleje su propia trascendencia. Terminar lo que se inicia sigue siendo una de las formas más poderosas de liderazgo, pero no es suficiente. Contagie el entusiasmo y el sentido del cambio que la empresa provoca en su entorno, hágalos parte de algo importante.
Quinto, evite una tentación frecuente: ahorrar donde más cuesta después. Capacitar mal o poco para cumplir presupuesto es más que una falsa economía: es inútil. El desempeño organizacional funciona como una orquesta; nadie puede ejecutar con excelencia una partitura que nunca aprendió, ni tratar de armonizar con más de un instrumento a la vez. Dé a cada quién su importancia y respete su esfuerzo y su espacio.
En última instancia, la capacitación no revela qué tan bueno es el proveedor, revela qué tan dispuesto está el director a transformar su organización.
Porque las semillas importan.
La tierra importa.
El clima importa.
Pero quien decide cómo interactúan todas esas variables siempre es la misma persona:
Usted.

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